La pelota en la Azucarera #béisbol #Cuba

18 febrero, 2017 at 5:17 pm Deja un comentario


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Paisaje. Ilustración: Ández

Antes la estera funcionaba en el sentido correcto, preciso al tiempo: del central al estrellato, del recóndito talento a la bulliciosa popularidad. Ayer podía escribirse una parte de la historia de nuestro béisbol comenzando la oración en un batey: José de la Caridad Méndez, Napoleón Reyes, Roberto Ortiz, Agapito Mayor… e incluso cerca, desde el vecino “Constancia”, ganaría una familia el diamante pelotero, la de los Fleitas, con un Andrés como cátedra de la receptoría criolla. Antes, cuando el béisbol era tan próspero como el azúcar, eran muy fáciles las analogías.

Hoy la estera funciona en el sentido inverso, siempre a destiempo: hoy se “muelen” las estrellas caídas, reforzando con aluminio el mazo. Los que un día hicieron rugir a un estadio en el apogeo de la Serie Nacional limitan ahora sus pretensiones a un terreno colindante, a una fanaticada escasa, a una gloria intimista; pero igual de necesaria, tradicional. Son nombres ya lejanos (Yosvany Lazo, Adriano García) u otros apenas conocidos en el familiar entorno del batey. Irónico es, por supuesto, que tocaran la cima en el evidente ocaso de sus carreras.

Bien lo saben los integrantes de la novena del “14 de Julio” de Cienfuegos, quienes festejaron el adiós al 2016 con su tercer título en la Liga Azucarera de Béisbol, el torneo más antiguo de este deporte en la Isla y quizá por ello el más olvidado. Nadie puede decir que les fue fácil encasquetarse la corona en 2010 y 2011; pero la de ahora la ganaron contra todo pronóstico o sensato augurio.

Los estrujó el “Quintín Banderas” villaclareño en la ronda de grupos y amenazó con dejarlos en la guardarraya el “30 de Noviembre”, de Artemisa, en la semifinal occidental; siempre con el máximo de derrotas permitidas (dos) y un tríptico de probabilidades muy poco probables. Avanzaron, desgastados y maltrechos, mientras funcionaba engrasada y amenazante la maquinaria del “Cristino Naranjo”, de Holguín, campeón defensor de la lid previa. Otra vez las cábalas parecían romper en contra de los sureños.

Pero quiso la fortuna que la final, pactada a siete duelos, comenzara el mismo día que el central pitara a los alrededores el inicio de su molienda. Fuerte y claro, marcando el paso, para que se embullaran sus similares. Una jornada esperada por todos, la respiración asistida para los habitantes de aquel arrinconado caserío que se resiste al eclipse, renovando su vitalidad en historias remotas, en fábulas magníficas.
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A la doble molienda le faltaría ahora su Omi Balé, la casi nonagenaria Regla Antonia Herrera Stward: la que bendice el inicio de zafra y predice desde las gradas la victoria del equipo. La enfermedad la tiró en cama y la alejó físicamente de sus compromisos; mas no apartó su mano protectora.

“Tu bendición Olofi, tu bendición Iroco, tu bendición madrina, tu bendición padrino, tu bendición Teresa Acea… la bendición de todos mis muertos”, comenzaba tradicionalmente su “oro” Omi Balé, su nombre de santo, debajo de la ceiba cercana al central, donde ella sabe descansan los seres invocados. Ella rogaba para que todo fuera bien con su “cachimbo”, como llama a su antiguo ingenio Manuelita. Les llevaba sus flores, su perfume, su anís, su Oñío (miel), de todo tipo de bebidas y dulces. “Y yo le pido a los congos, a los lucumises, a todos los africanos porque es un ritual de muchos años”. Después arrojaba las ofrendas al basculador: un chivo, caramelos, frutas y mandaba a moler la primera caña. Tecnología y mito, desarrollo y fe: la amalgama perfecta de casi tres siglos de existencia. Moviendo sus hierros desde 1830, el viejo trapiche sabe de sangre, sudor y lágrimas en cada contienda.

Nunca apto para escépticos, hay mucho influjo de tan arraigado ritual en el juego. Cacocum quedaba muy lejos y tal vez ello debilitó el alcance; pero ya en casa, amuletos, confianza y ron en las gradas se fundieron con lo hasta entonces impensable en el terreno: la prolongación de un séptimo juego, el inconfundible sonido del aluminio con la esférica, un batazo de cuatro esquinas, una bola perdida –simbólicamente- en el cañaveral… Pasó lo que tenía que pasar.

Creo que nadie, salvo los habitantes del batey y sus alrededores, conocieron de tal hazaña ni comprobaron la efectividad de los rezos. El recuento en los periódicos fue mínimo cuando la celebración era máxima. Nadie sabrá de nombres, estadísticas o situaciones; pero todavía hay fiesta allí, al pie del central, entre los campos verdes.

Una parte de la decadencia de nuestro béisbol guarda relación con el azúcar: cuando los centrales dejaron de moler, las novenas dejaron de ganar. O quizá cuando las novenas dejaron de moler, los centrales dejaron de ganar. Ya no son iguales las zafras… a pesar de eso, y con la mística de los que se resisten al olvido, la pelota siempre encuentra acomodo en la azucarera.

Versión original en Play–Off Magazine

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