Familia y béisbol en Cuba: la Constancia de los Fleitas (+ Galería)

5 marzo, 2015 at 6:31 pm Deja un comentario


1El equipo Cubanas. Ylda, marcada con una X, de pie, tercera en la fila de izquierda a derecha. Foto: Cortesía de la entrevistada

Mucho le debe el béisbol cubano a la familia Fleitas… Y pareciera increíble, pues cuesta imaginar que un espacio geográfico tan limitado como el batey del central Constancia acuñara un apellido en el diamante de las pasiones nacionales. Pero lo hizo, y en más de una oportunidad, cuando el siglo XX deshojaba las fechas de su primera mitad.

El más representativo del clan fue Andrés, legendario receptor de los Alacranes del “Almendares” de la Liga Profesional criolla, con participación en tres Series Mundiales Amateur, las Ligas Menores norteamericanas y en el circuito mexicano. Con menos palmarés le seguiría Ángel, infilder de los Elefantes de Cienfuegos y también con destacada presencia en gramas foráneas.

“Yo tenía cinco primos y todos jugaban a la pelota, recuerda Ylda. Sí, ¡cómo no!: Andrés, Ángel…, Abelardo también; pero no tanto. Anselmo era, como decirte, un Antonio Muñoz, así de grande y jugó con la Marina de Cienfuegos… Lino no, ese era cantante, le decían Gardel, nunca se interesó por la pelota. En mi casa a todo el mundo le gustaba, hasta a mis padres, isleños de nacimiento. A todo el mundo, todo el mundo: hembras y varones.

“Un día un periodista me lo dijo: ‘la sangre del béisbol corre también por las mujeres de esa familia’, y es verdad… Y otra cosa, por eso a mí me quitaron el apellido: el mío es Lorenzo Fleitas y por la taquilla, me dejaron solo Fleitas… Yo era Ylda Fleitas”.3a

Hoy, cumplidos sus 92 marzos, este 5, Ylda recuerda sus días de gloria sobre el terreno. Por más señas, fue una de las lanzadoras del equipo Cubanas, referenciado como el primero de su tipo en la Isla. “La única de Cienfuegos fui yo —comenta—, aunque Adelina García tampoco era de La Habana”.

El elenco surgió a finales de los ’40, en respuesta a una iniciativa de empresarios norteamericanos. La Segunda Guerra Mundial separó de los estadios a los representativos masculinos y puso en riesgo el negocio, precisado entonces de nuevos atractivos para el público. Ya desde 1943 existía en los Estados Unidos la Liga Profesional Americana de Béisbol para Mujeres y nuestro país fungía como escenario idóneo para ensanchar su alcance.

Durante el verano de 1947 La Habana recibió, además de a los Dodgers de Brooklyn, con el mítico Jackie Robinson en sus filas, la visita de más de un centenar de peloteras pertenecientes a los ocho clubes de dicha Liga. Materializado el intercambio, no tardarían en trascender sus repercusiones en casa.

“Estaba oyendo la radio cuando convocaron a muchachas para un equipo femenino de béisbol en La Habana. Llamé y me dijeron que no tenían nada en contra de que fuera, pero los gastos corrían por mí… Y yo le dije a mi hermano mayor: ‘llévame’, y me fui.

“Mi primo Andrés, el catcher del ‘Almendares’, no quería: eso era cosa de hombres, me decía, y no le hice caso. Ángel sí, él iba a verme a los entrenamientos, estaba orgulloso de mí. Yo era muy jovencita, imagínate, no era fácil.

“Fui para la casa de una sobrina de mi mamá, pero me marché de allí pronto, porque cuando llegaba siempre me regañaban: ‘eso es cosa de hombres, no de señoritas’. ¡Di tú!, si vieran a las mujeres de ahora, que lo único que no hacen es boxear (en Cuba)… Entonces me mudé para la casa de unas amistades.

“Nos llevaron a los terrenos de Galbán Novo, en Regla, para hacernos las pruebas. Yo sabía que iba a dar la talla y me lo dijeron: ‘cuando te vimos, sabíamos que tú sí eras pelotera’.

Empezamos a entrenar en Pinar del Río, Matanzas, Santa Clara y así, hasta en Guantánamo. El dueño del equipo (Rafael León) tenía negocios, ¡con decirte que fuimos en avión y todo! Él tenía una refinería de ron, como un bar, en Infanta, con añejos de 60, 70 y 80 años. Y cuando venían los turistas americanos, éramos nosotras quienes poníamos las sillas, las mesas y nunca nos dio un centavo.

“Después de las prácticas de los primeros meses, nos trasladamos para el Stadium del Cerro. Allí competían el ‘Marianao‘, el ‘Almendares’, el ‘Habana‘ y el ‘Cienfuegos’, y conocí a muchos peloteros. Cuando ellos terminaban, comenzábamos nosotras. Y mira, como yo era prima de Andrés y él estaba en su apogeo, todos me saludaban.

“Yo conocí La Habana de punta a cabo y pasé mucho trabajo. Mi familia, cuando podía, me mandaba dinero. En la pelota no pagaban, mi vida, no pagaban… Y pa’ que tú veas, cuando aquello estuvimos en tres países”.

Puerto Rico, Nicaragua y Venezuela fueron los destinos. Daniel Parra, exjugador de los circuitos amateur y profesional cubanos, era el manager del team. León y su esposa, Mercedes Hernández de León, también las acompañaban, esta última en condición de chaperona. “Esa señora era una bella persona, y él la trataba muy mal, la abochornaba frente a nosotras”.

“Para los partidos reforzaron con norteamericanas y a esas sí les pagaron, oye bien. Había una de 19 años, era maestra, medía seis pies y se puso a entrenar con el catcher del ‘Cienfuegos’ (Rafael Noble) y él le dijo: ‘hija, si fueras hombre estuvieras en las Grandes Ligas’.

“El uniforme decía ‘Cubanas’, así, en letras enormes. Éramos 31 muchachas, algunas empezaban a jugar, otras ya sabíamos. Nos vestíamos con una saya corta, con un short abajo: podíamos caer con los pies para arriba y no se veía nada, olvídate de eso.

“Visitamos Puerto Rico y en Nicaragua nos fue a ver el presidente ese, el malo (por la descripción y el contexto parece referirse a Anastasio ‘Tacho’ Somoza García). Pero en Venezuela fue donde mejor nos acogieron; nos sentimos muy bien allí y hasta fuimos a la casa de Bolívar”.

Según las referencias, el tope en tierras morochas aconteció en febrero de 1949, una triangular entre las novenas cubana, norteamericana y la local. Por las nuestras fue Mirtha Marrero —prima del Premier, Conrado Marrero— la figura más representativa.

“Mirtha no tenía gandinga, era de madre, recuerda sonriente Ylda. Ella se fajaba con el ampaya, discutía sin miedo; fíjate, a los árbitros les decían ‘cuídate de esa cubana’… Más nunca la he visto y era una buena muchacha, muy bonita.

“Ya tú quisieras ver cómo se ponía el estadio cuando jugábamos… Y afuera más: nos tiraban chicles, monedas y no podíamos tocar nada de eso, era una orden. La gente nos gritaba: ‘¡Cuba, Cuba, Cuba!’. Había muchos cubanos, olvídate de eso, al cubano uno siempre lo conoce donde quiera.

“A mí me tocó lanzar ese día, en Venezuela y no me habían hecho carreras. Entonces León, el dueño, me dice: ‘oye, súbele la pelota al cuarto bate que viene ahora’. Yo se lo comenté a Parra y me advirtió: ‘cuidaíto con subirle la pelota, siempre pa’ bajo’, y así lo hice. Y la bateadora se quedó esperando la bola alta y como no se la tiré, sacó un rolling por segunda, el tercer out. Se acabó y ganamos.

“León enfureció y me castigó: me pasó para el right field, no lancé más. Tuvimos una discusión grandísima: él había puesto dinero contra mí y lo perdió; se puso bravísimo por eso. Amenazó con mandarme de regreso para Cuba y yo contentísima: ‘¡qué rico, qué bueno!’. Pero Parra intercedió y me quedé con el equipo hasta el final.

“Cuando llegamos de regreso a La Habana dije: ‘esta que está aquí, se va’. Ya no podía más: agregada y sin dinero… ¡se acabó! A los quince días recibo una carta de una compañera: ‘Fleitas, detrás de ti nos fuimos todas’ y más nunca las he visto: unas regresaron a su casa, otras se fueron para Miami…”.

Varias de sus coequiperas mantuvieron su carrera deportiva con significativos desenlaces: Mirtha Marrero y Migdalia Pérez firmaron con el Chicago, y también Gloria Ruiz, Luisa Gallegos, Isora del Castillo e Isabel Álvarez incursionaron en la escena norteamericana. Sin embargo, el término de la Segunda Guerra Mundial y el consiguiente regreso de los hombres a la grama, sentenció el apoyo a las féminas y la Liga cerró sus puertas, definitivamente, a inicios de los ’50.

“Pero aquí seguí yo con mi pelota… Muchacha, a mí eso me gusta más que la comida. Te digo: si volviera a nacer joven, volvería a ser pelotera. Eso lo llevamos en la sangre, lo llevamos en la sangre…”.

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Darilys Reyes Sánchez

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