Academia de Ajedrez en Cienfuegos: ¡Hágase la luz!

2 diciembre, 2014 at 6:24 pm Deja un comentario


Foto: Dorado/elelefanteverde.wordpress.com

“Y la luz se hizo”, según refiere la Biblia en su primer libro, el Génesis. Con igual prioridad “se enciende” en casi todos los textos de carácter religioso o científico, sin importar su antigüedad: hágase la luz, sea, y solo después el resto y entre ello la vida.

Ya para finales del siglo XIX, la luminosa teoría encontró un revolucionario giro con la invención de la electricidad, y hoy nadie concibe la modernidad sin el flujo energético. A nivel de caos llegan las situaciones por su ausencia, para no volver al tema de las tinieblas, un término más a tono con el contexto mítico.

Pero en esa precisa definición figura por estos días —o mejor, desde hace tres meses— la Academia de Ajedrez de la ciudad de Cienfuegos, una instalación sometida a reparaciones hace menos de un año. Y como todavía los trebejistas no encuentran cómo mover con efectividad sus piezas en medio de la penumbra, declaran “tablas” ante la ineficacia de las respuestas.

“Las luces (fluorescentes) comenzaron a fundirse desde finales de agosto, inicios de septiembre, y no tienen ni diez meses de puestas, comenta el Maestro Nacional René Fernández Vidal, profesor en la instalación. Hablamos de seis lámparas dobles (o su equivalente a 12 sencillas) y una simple: nuevas, sacadas de la caja y ya no funcionan.

“Todas estaban conectadas en serie, ninguna independiente: cuando prendías una, también lo hacían las demás. Y yo no soy electricista, pero como es lógico, al fundirse una, sucedió igual con el resto.

“Comoquiera que este local, de por sí, es bastante oscuro, desde septiembre venía advirtiendo sobre dicha problemática alertado por la cercanía del cambio de hora. Que anochezca más temprano afecta el trabajo con los niños, quienes llegan aquí después de las 4:00 de la tarde, al salir de la escuela, y ya sobre las 5:00 casi no ven nada. Y no solo resulta imposible para ellos, sino para los Sociales (adultos, mayormente jubilados), asiduos en las tardes.

“Hemos buscado alternativas; entre ellas, acercar las mesas de los tableros a las puertas para mejorar la visibilidad de los pequeños. Hablamos de niños de seis años ahora, con los cuales empecé desde el círculo infantil. Ya han adquirido cierto dominio de la disciplina y suspender las sesiones sería contraproducente, un retroceso.

“El problema ha generado muchas quejas de los padres; se trata de una situación penosa y yo no tengo las soluciones en la mano. No quiero correr el riesgo de perder lo conseguido con esos niños. La última respuesta me la dieron hoy por la mañana (martes, 25 de noviembre): no hay tubos de luz fría. Y lo he planteado en las reuniones del Sindicato, los matutinos, lo conoce el metodólogo porque visita a diario la Academia…
Aun así, nada cambia: no hay recursos”.

UNA MALA MOVIDA

Hoy día, desafortunadamente, el término “reparaciones” genera entre los cubanos más recelos que alivios. En la mayoría de los casos solo se necesita un tiempo, en ocasiones demasiado corto, para constatar las fallas. Ya sea por la probada informalidad de los ejecutores o la mala calidad (en ocasiones pésima) de las labores, los peores ejemplos persisten a modo de regla, nunca como excepción.

El 10 de enero del presente año, esta misma página publicó una información sobre las obras constructivas en la Academia de Ajedrez de la ciudad. Bajo el título Reparando murallas, los entrevistados daban fe de los beneficios de la acometida.

“La instalación fue objeto de una reparación que incluyó pintura, refuerzo de algunas paredes e iluminación, explicaba Hormido Reyes Carnesoltas, entonces director del Combinado Deportivo No. 1 del INDER municipal, al cual pertenece el local (…) Fue un tanto difícil debido a la antigüedad de la estructura, sobre todo en el tema de la cablería. Aún nos quedan varios asuntos pendientes, el más importante de ellos relacionado con el mobiliario, con décadas de explotación”.

“Tanto por su utilidad como por su valor histórico (las 24 mesas se hicieron para la Olimpiada Mundial de 1966 en La Habana, y luego las trajeron a Cienfuegos, sede por entonces del ‘Capablanca’), no merecen continuar en ese estado, señalaba unas líneas más abajo el Maestro Nacional René Fernández Vidal. Ahora, también es cierto que la dirección del INDER en el municipio se comprometió con nosotros para su rescate, de ser necesario, acudiendo incluso a trabajadores por cuenta propia.

“Todavía resta ultimar unos detalles en la puerta principal, el almacén y los baños; pero resulta considerable la mejoría del local respecto a etapas anteriores”, opinaba en su momento Fernández Vidal, a modo de conclusión en la nota.

Diez meses y 18 días después (y perdón por la deuda en la exactitud de horas y minutos), las cosas andan como al principio. Solo conserva su buen estado la pintura, siempre un síntoma inequívoco de cualquier pretendida inversión, pues las columnas persisten en sus grietas —u otras, yo tampoco soy arquitecta— y las mesas no lucen mejoría.

“El mobiliario no ha tenido ninguna reparación y cada día se complicará más. Nos recomendaron buscar algún trabajador particular; se hicieron las gestiones y nada: este tipo de obras no les conviene, por el costo. Y ya nos da pena la situación, pues por aquí pasan a diario extranjeros y entran al local por curiosidad: ellos notan alguna relación con el ajedrez, pero te preguntan qué es, por la mala imagen.

“Y de las puertas, ni hablar… Hace un tiempo se rompió uno de los cristales y lo repusimos con un cuadro sinóptico (tablero de resultados individuales en los eventos de la disciplina), uno de los sobrevivientes de aquellos ‘Capablanca’. Incluso, el local se ubica en el Centro Histórico Urbano de la ciudad; sin embargo, deviene la única instalación que, desde el inicio del Paseo del Prado hasta el Malecón, cierra sus puertas exteriores con un… candadito.

“En el almacén sí tenemos más seguridad, si bien allí no contamos con instalación eléctrica; para sacar los tableros o las piezas nos alumbramos con una fosforera, casi quemándonos los dedos. Las luces nuevas las pusieron en el salón principal.

“Y tampoco las colocaron a la altura adecuada: debieron bajarlas un poco para aprovecharlas más, debido a lo alto del puntal. Además, llevamos rato abogando por independizarlas. Como te explicaba: si tengo solo a seis personas jugando, las podría agrupar en un área determinada, sin necesidad de encender la sala completa, y así ahorraríamos electricidad. Sin embargo, es como un estadio…

“Te digo más: con las lámparas en plenitud de funciones nos pasábamos diez días con servicio eléctrico y otros 20 sin él, porque consumíamos el plan asignado y entonces se disparaba el contador. Y ya, la otra parte del mes sin corriente.

“Por supuesto, ante tales situaciones dejamos de practicar con los Sociales por la noche. ¿Cómo?”.

JAQUE

el-chinito-ajedrecista“La solución más fácil sería cerrar el local; mas, le daríamos el golpe de gracia a un deporte que está moribundo por varias causas, entre ellas las mencionadas, refiere Fernández Vidal. Este año quedamos en el puesto 16 en los ‘Escolares’, en el ‘Juvenil’ no clasificamos en ningún zonal y en la categoría Social obtuvimos un escaño 13. Entonces, cerrar la Academia sería sentenciarnos.

“Y a pesar de los problemas, la afluencia de personas es buena: por las mañanas se llena, e incluso hemos sacado las mesas a los portales y hasta al Prado para celebrar las partidas. Fíjate: aun con esas mesas deterioradas y las sillas desbaratadas, pero con las lámparas, nos sentiríamos satisfechos. Solo con la iluminación necesaria haríamos funcionar la Academia”.

Y por esa capacidad inherente al cubano de sacar el lado bueno de las adversidades, Fernández Vidal, también reconocido por sus incursiones en la literatura, adaptó su accidentada cotidianidad al esquema de un cuento corto, el cual compartió el pasado domingo con los asiduos a la peña La trova de guardia, de los hermanos Pedro y Roberto Novo. La historia, basada en hechos reales según confirman sus protagonistas, encuentra mayor trascendencia en materia de finales.

Sucede que Luis Daniel Ruiz Miyashiro, uno de los pequeños alumnos de René, escuchó cuando su maestro le explicaba a su padre, preocupado por la falta de condiciones en el local, su imposibilidad de resolver el problema. Su única salida, en extremo radical, consistiría en cerrar el lugar.

“El Chinito, como le apodan al pequeño, quien había escuchado toda la conversación, se levantó del asiento y, tomando una mano del profesor, le imploró:

– Profe, que no hagan eso; si cierran la Academia, ¿dónde voy a jugar? Mire, yo voy a resolver el problema, mañana mismo le digo a mi mamá que me eche en la mochila una linterna”.

Y sin mucho por aportar ante la ingenuidad del niño, Fernández Vidal tituló su cuento Feliz solución.

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Darilys Reyes Sánchez

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